¿Limites? Cómo se come eso?

 

Tengo la fortuna de tener a Dácil Muñoz del blog: Blog de una madre desesperadacomo anfitriona con una charla alegre sobre los límites, no duden en ver su blog que me ha encantado como se presenta, no solo ella sino su familia completa.

Seven questions over Breakfast with Rebecca Cobb

Dácil nos cuenta en sus propias palabras sobre los límites:

 

“En mi casa intentamos imponer a los niños, sólo los límites de la buena educación, porque del resto ya se encargan ellos solitos de imponérselos”.

 

Sin más preámbulos les dejo con esta idea maravillosa y de como vive Dácil su vida, maternidad con dos hermosos niños y un esposo adorable en familia.

 

Lo que realmente quiero es ayudarles a saltarlos para que logran todo lo que se propongan sin tropezar con prejuicios y etiquetas sin sentido.

 

Con siete años ya me preguntaba Daniel si estaba gordo o aseguraba muy serio que le hubiera encantado ser un crack en deportes para tener más amigos.

 

A una edad más temprana todavía, Iván se negaba a ponerse ropa en colores claros porque según él “eran de niña”. A eso le llamo yo ponerse límites tontos a si mismos. Lo malo es que el objetivo que perseguían mis hijos es de lo más comprensible: la integración en su grupo.

Beatrice Cerocchi illustration

Si algo he aprendido es que las etiquetas son inevitables, pero que siempre hay segundas oportunidades en la vida. Si no te gusta la que te han pegado. Puedes cambiarla. Aunque cuesta mucho, eso sí, pero no es imposible. Los niños necesitan el apoyo de los que conforman su entorno afectivo para saltar hacia delante sin miedo a caerse (socialmente). O por lo menos con menos miedo, porque saltar siempre impone.

 

Sobre todo si no sabes lo que te vas a encontrar cuando aterrizas. A mis hijos quiero enseñarles que no hay nadie mejor que nadie, pero que todos somos diferentes y que por eso no es malo tratar a la gente de forma distinta aunque siempre con respeto. Algo extremadamente difícil. Doy fe. No me gustan que distingan entre niños y niñas, pero sí entre los que son más sensibles, o más tímidos, o los que son más brutos, más chulitos, más optimistas o pesimistas… en fin.

 

No todos reaccionamos de la misma manera a una situación cincreta. Es lo que quiero que entiendan. Y que a veces los motivos de un comportamiento no es algo que se pueda medir con blanco o negro. Que nadie es perfecto y que nadie es 100% bueno o malo. Y aun así, aún conviviendo en casa con estas ideas hay conversaciones en las que sé que todo se me va de las manos.

 

Porque siempre hay elementos incontrolables alrededor de nuestros hijos. “Mamá, hoy nos han contado un cuento de una princesa. Peeeero, esa princesa no parecía una princesa para nada”, me soltó hace un par de años el más peque, “Era gorda, morena y ¡vestía vaqueros!”, me quedé de piedra “¿Y cómo crees tú que son las princesas?”, le pregunté yo. “No sé, pero así no”, contestó muerto de la risa.

 

“Una grieta más para la educación que me gustaría darles”, pensé yo.

 

Hace poco el mayor se quejaba de que en el recreo se aburría mucho porque sólo se divierten los que juegan al fútbol o al baloncesto. El resto lo tenían más difícil. “Para las chicas todo es más sencillo, que morro”, se lamentaba, “Ella juegan con su imaginación”. “¿Y por qué no juegas con ellas?, le sugerí. “¡¡¡¿Con las chicas?!!! NUNCA jugamos con las chicas. ¿Tu alucinas?”, me contestó mosqueado. “¿Pero si yo te he visto jugar con ellas en el parque?” me defendí. “¡Ah! Pero eso es diferente”, por qué es diferente. Porque alguien ha puesto ese límite y todos han pasado por el aro.

 

Pero no todo es negativo en cuanto a los límites.

Jimi Yoon Family illustration

Aquí, como en todo encontramos toda la gama de grises y a veces les veo romper una lanza hacia la diversidad y el derecho a ser como somos sin importarnos lo que opine el grupo. Cuando Daniel me contó que iba a ayudar a un amigo porque tenía el problema de que siempre se enfadaba muy deprisa y que por ello los demás no querían jugar con él, o cuando Iván me da besos y abrazos con una gran sonrisa sin importarle que sus amigos se rían. Por eso opino, que da igual los mensajes con los que la sociedad les bombardea constantemente, los cimientos morales se ponen desde casa con mucho esfuerzo de los que cuidamos de los peques.

 

Es un trabajo difícil y poco agradecido del que puede que no veamos nunca sus frutos, pero vale la pena insistir, porque, aunque sea en pequeñas dosis, estoy segura de que les va calando y les hace tener mentalidades más abiertas y una mayor capacidad de adaptación.

 

Gracias Dácil por tu maravillosa aportación al blog.

Y gracias a cada uno de ustedes por seguir en el blog y compartir sus opiniones y experiencias.

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